Blog Turismo Argentina / Categoría / » Cultura ArgentinaMuseo Del Mar – Mar del Plata, Buenos AiresPosteado el Enero 28, 2007 - Categorizado en Cultura Argentina, Turismo en Buenos Aires Mar del Plata es el mayor atractivo de la Costa en el Verano argentino. Las razones son obvias, y es que tiene circuitos turísticos y playas fantásticas para todas las edades y todos los gustos y preferencias. Los paquetes turísticos a Mar de Plata incluyen paseos y excursiones que grabarán a fuego su estadía en la hermosa ciudad atlántica. Uno de los lugares donde podemos apreciar la historia y las artes marinas naturales de este destino es en el Museo del Mar, donde el visitante encontrará curiosos acuarios donde viven especies de peces óseos y cartilaginosos; la exposición de caracoles le enseñará las espirales más naturales que existen. Conozca este lugar en todo su esplendor y duerma en los hoteles de Mar del Plata donde la comodidad tiene nombre propio y apellido homónimo: Comodidad. (Recomendamos ver Hoteles en Mar del Plata) INFORMACIÓN GENERAL PARA IR: HORARIOS: Todos los días, 10:00 a 20:00 hs. BOLETERIA DE ESPECTACULOS Todos los días: 17:30 a 00:30 hs. Entrada General: $ 20.- Menores (4 a 11 años), jubilados y mayores de 65 años: $ 15.- Plan Familiar (2 mayores y 2 menores): $ 55.- VISITAS GUIADAS Sábados: 11:00 y 18:30 hs / Domingos: 19:00 hs. CONSULTAS Museo del Mar Av. Colón 1114 Tel: 451-9779/3553 informes@museodelmar.org P.M.
Paseos guiados por la Cripta Jesuítica en la ciudad de CórdobaPosteado el Enero 19, 2007 - Categorizado en Cultura Argentina, Turismo en Cordoba Mística y atrapante, la ciudad de Córdoba encierra sitios de notable riqueza histórica y cultural que no se encuentran a simple vista. La cripta jesuítica del noviciado viejo es un fiel reflejo de ello. Recorriendo la ciudad, entre sus bulliciosas calles, nos encontramos con un túnel que se asemejaba a las habituales bocas de subterráneo. Como sabíamos que este medio de locomoción no funciona en la capital de la provincia mediterránea, quisimos averiguar de qué se trataba esa escalinata que se internaba en el corazón mismo de la ciudad. De esta manera, y sin dejar de sorprendernos, entramos a la cripta jesuítica del noviciado viejo, una singular construcción que se remonta a principios del siglo XVIII y que fue redescubierta casi por casualidad en el año 1989. ![]()
Leyenda del “Ceibo”Posteado el Diciembre 27, 2006 - Categorizado en Cultura Argentina, Leyendas y mitos Argentina Cuenta la leyenda que en las riberas del Paraná, vivía una indiecita fea, de rasgos toscos, llamada Anahí. Era fea, pero en las tardecitas veraniegas deleitaba a toda la gente de su tribu guaraní con sus canciones inspiradas en sus dioses y el amor a la tierra de la que eran dueños… Pero llegaron los invasores, esos valientes, atrevidos y aguerridos seres de piel blanca, que arrasaron las tribus y les arrebataron las tierras, los ídolos, y su libertad. Anahí fue llevada cautiva junto con otros indígenas. Pasó muchos días llorando y muchas noches en vigilia, hasta que un día en que el sueño venció a su centinela, la indiecita logró escapar, pero al hacerlo, el centinela despertó, y ella, para lograr su objetivo, hundió un puñal en el pecho de su guardián, y huyó rápidamente a la selva. El grito del moribundo carcelero, despertó a los otros españoles, que salieron en una persecución que se convirtió en cacería de la pobre Anahí, quien al rato, fue alcanzada por los conquistadores. Éstos, en venganza por la muerte del guardián, le impusieron como castigo la muerte en la hoguera.La ataron a un árbol e iniciaron el fuego, que parecía no querer alargar sus llamas hacia la doncella indígena, que sin murmurar palabra, sufría en silencio, con su cabeza inclinada hacia un costado. Y cuando el fuego comenzó a subir, Anahí se fue convirtiendo en árbol, identificándose con la planta en un asombroso milagro. Al siguiente amanecer, los soldados se encontraron ante el espectáculo de un hermoso árbol de verdes hojas relucientes, y flores rojas aterciopeladas, que se mostraba en todo su esplendor, como el símbolo de valentía y fortaleza ante el sufrimiento. Fuente: http://www.paisadentro.com.ar
Leyenda del “Palo Borracho”Posteado el Diciembre 27, 2006 - Categorizado en Cultura Argentina, Leyendas y mitos Argentina
A este extraño árbol, con forma de botella, ciertas tribus de la zona del río Pilcomayo, lo llaman “Mujer” o “Madre pegada a la tierra” y esto viene porque, en una antigua tribu que vivía en la selva, había una jovencita muy linda, a la cual codiciaban todos los hombres. Pero ella sólo amaba a un gran guerrero. Y se enamoraron profundamente. Hasta que cierto día la tribu entró en guerra. Él partió a la contienda y ella quedó sola prometiéndole amor eterno. Pasó mucho tiempo y los guerreros no volvían. Sólo mucho tiempo después, se supo que ya no lo harían. Perdido su amor, la joven cerró todo sentimiento pues la herida abierta en su corazón ya no podría sanar. Se negó a todo pretendiente. Una tarde se internó en la selva, entristecida, para dejarse morir, y así la encontraron unos cazadores que andaban por allí, muerta en medio de unos yuyales. Al querer alzarla para llevar el cuerpo al pueblo, notaron, asombrados que de sus brazos comenzaron a crecer ramas y que su cabeza se doblaba hacia el tronco. De sus dedos florecieron flores blancas. Los indios salieron aterrados hacia la aldea. Unos días después, se internaron los cazadores y un grupo más al interior de la selva y encontraron a la joven, que nada tenía de muchacha, sino que era un robusto árbol cuyas flores blancas se habían tornado rosas. Comentan que esas flores blancas lo eran por las lágrimas de la india derramadas por la partida de su amado y que se tornaban rosas por la sangre derramada por el valiente guerrero. Fuente: http://www.folkloredelnorte.com.ar/leyendas/borracho.htm
Leyenda de las Aguas del Río BermejoPosteado el Diciembre 27, 2006 - Categorizado en Cultura Argentina, Leyendas y mitos Argentina Hubo un tiempo en que las aguas del Bermejo fueron claras como las de sus vecinos, los ríos Pilcomayo y Uruguay. Un tiempo en que a sus orillas no se asomaban, como hoy, las casas de los pueblos formoseños, ni eran surcadas por las embarcaciones de los argentinos descendientes de europeos. Las tierras que recorría el Bermejo eran disputadas por dos tribus enemigas: los tobas y los matacos. Unos y otros atrapaban los peces de su cauce, se sumergían en su frescura en las tardes calurosas, deslizaban las canoas por su corriente y se sentaban a sus orillas en las noches de luna. La mayor afrenta que sufrieron los tobas durante esa larga guerra fue la captura de la hija del cacique, una joven hermosa y decidida, que pasó de vivir en sus chozas a las de los matacos. Aunque extrañaba a los suyos, poco a poco sus captores se le hicieron menos extraños, sobre todo desde que conoció al hijo del cacique y comenzaron a pasar largas horas juntos. Se enamoraron mientras conversaban a la sombra de un urunday, mientras nadaban en el río, mientras caminaban en silencio siguiendo al ciervo de los pantanos… Pero sus relaciones eran imperdonables. La unión entre una toba y un mataco estaba prohibida por los hombres y maldita por los dioses. Cuando el consejo de la tribu dio órdenes estrictas para prohibir los encuentros entre los jóvenes, ellos establecieron citas secretas y se amaron más todavía a la sombra de su sigilo. Sin embargo, no estuvieron a salvo de las habladurías, de los comentarios a media voz que deslizaban las viejas cuando se sentaban en rueda a tejer su yicas (bolsas tejidas con fibras vegetales) y a moler las semillas del algarrobo. Tampoco de las miradas de alguno que los había sorprendido al entrar en el monte tras un armadillo fugitivo o para recoger los frutos del jume. ![]() Y llegó el día en que, reunido nuevamente el consejo de la tribu, debieron comparecer ante él. Los jefes, que ya habían deliberado, los miraban en silencio. Los corazones de los jóvenes se aceleraron ante esos rostros severos e imperturbables. El cacique habló con voz suave y firme. Era preciso que todos respetaran las tradiciones de la tribu, con más razón tratándose del heredero de la autoridad: se les exigía la separación inmediata y definitiva. Ante la decidida oposición de los jóvenes príncipes, que se sabían unidos por los lazos indestructibles urdido por palabras, miradas y gestos recientemente descubiertos, alma con alma y cuerpo con cuerpo, el consejo emitió el fallo final: los amantes serían sacrificados, se les arrancarían los corazones y éstos serían arrojados al río, como lección y advertencia para quienes se atrevieran a contrariar las leyes de los hombres y las disposiciones divinas. El sol del mediodía brillaba en lo alto del cielo mientras la tribu se reunía pra presenciar la ejecución. Si algo de viento agitó las ramas de los arbustos, si las cigarras cantaban su canción filosa y monocorde, si el río dejó oír su rumor, nadie lo supo cuando los jóvenes fueron llevados a lo alto del barranco y muertos por el haiawú (hechicero de la tribu), cuando el agua aceptó sus corazones sangrantes y se tiñó de rojo para siempre. Cumplido el sacrificio, a los pocos días, la gente se acercó al barranco por un rumor: los corazones no habían sido arrastrados por la corriente; flotaban juntos exactamente en el mismo lugar en el que habían caído. ¿Era acaso que los dioses no estaban conformes con el fallo? ¿Sobrevendrían entonces pestes, sequías y escasez? Los jefes acordaron sacar los corazones del agua y convertirlos en cenizas, para que que no quedara rastro de ese amor que había desconocido la tradición. Todos los matacos formaron la gran pira, no hubo nadie que contrariara a los dioses. Los corazones ardían al compás de los pimpines (tambor mataco), abrasados por el fuego que, cada vez más alto, ahuyentaba los mosquitos e iluminaba los cuerpos de los bailarines. Días después, cuando un enviado volvió al lugar para comprobar que las cenizas hubieran sido dispersadas por el viento, vio con asombro cercano al terror que donde estuviera la pira había crecido un arbolito desconocido. Entre sus verdes hojas mostraba dos únicas flores rojas, una al lado de la otra, en forma de corazón. A la sombra del letanetá, como llamaron los matacos a la nueva planta, y mecida por las aguas del río que encontró su nombre, nació entonces la amistad entre los tobas y matacos, que todavía luchan en el monte para sobrevivir. Fuente: http://www.folkloredelnorte.com.ar/leyendas/bermejo.htm
|