La fiesta en sí tiene sus amantes y detractores, como lo señala lanacion.com.ar. Como Ricardo Santos, ex dueño de bodegas Norton y autor junto a sus hijos Patricio y Pedro de un Malbec memorable con su nombre, que dice que “nunca se ha reconocido en la Fiesta de la Vendimia al verdadero gestor del incremento de producción como de comercio: el ferrocarril. Su uso permitió acortar los tiempos en los viajes desde y hacia Buenos Aires y llevó a que la vinicultura se generalizara rápidamente con la llegada de inmigrantes europeos que sabían de vinos y con la posibilidad de transportar el producto que ellos hacían”.
Tanta influencia tuvo el tren en Mendoza y San Juan, explica Santos, que los edificios que se construyeron en la zona por entonces (en especial las bodegas) “tenían una gran afinidad con la arquitectura de las estaciones del ferrocarril, con galerías que imitaban andenes, techos de chapa, ladrillo visto, puertas y ventanas con paneles de vidrio, y postigos de madera”.
Fanny Polimeni siente que la fiesta “se ha frivolizado un tanto. Me cuesta reconocer en las candidatas y en las reinas a la típica mujer mendocina. Porque a esas chicas predominantemente rubias, altas y de ojos claros se les nota a la legua la peluquería, el maquillaje a la page y, fundamentalmente, que nunca han trotado la viña con la familia, ayudando a papá y a mamá cosecheros. Pero no importa, ya que sigue siendo una linda fiesta, con participación popular. Y entonces es bueno que siga convocando multitudes, que coloque al vino en primer plano”.
Como segunda fuente de divisas de la provincia, el vino es parte de la identidad y la economía de Mendoza. Y su fiesta lo demuestra con creces.
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