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La Cañada de Córdoba es el encauzamiento parcial del arroyo homónimo, su extensión es de casi  3 kilómetros hasta que desemboca en el Río Suquía, atravesando de sur a norte a la Ciudad de Córdoba, desde la calle Tronador hasta la calle Humberto Primo.  La construcción del calicanto (realizada con cantos rodados y cal) data de 1671, siendo el autor de esta obra Andrés Jiménez de Lorca, aunque nunca imaginó que se convertiría en un ícono de la ciudad. Sus características más sobresalientes son su diseños en piedra, surcada por numerosos puentes es acompañada por enormes árboles en su mayoría de la especie tipa, que enaltecen y adornan este singular paseo.

En la zona además las personas pasean junto a la frescura del arroyo y la sombra de las tipas que se alzan en una galería natural, enmarcadas por los puentes del calicanto. Además en sus márgenes se encuentran miles de  restaurantes y bares  donde  miles de amigos, parejas y familias se reunen durante toda la jornada. Pero este sitio tan emblemático de la ciudad posee su propia  leyenda, “La pelada de la Cañada”, algunos dicen que se trataba de una niña pequeña en estatura; otros, de una mujer que, con tétrica vestimenta, solicitaba la comunicación con los vecinos que ocasionalmente transitaban por sus dominios con el temor de toparse con ella. Según las versiones, podía estar vestida de colores negros o blancos; pero de todas maneras se relacionaba con gimoteos y llantos, que no estaban nada claros en lo que quería decir, o quizás nadie la comprendía por no querer escucharla.

Historia de la Leyenda de ” La pelada de la Cañada”

Corría el año 1885, año en que se implantaba la Ley Nacional del Servicio Militar Obligatorio. Además en ese mismo año, Leopoldo Lugones fundaba el primer Centro Socialista. Por esos tiempos, todavía Córdoba se alumbraba por las noches, con farolitos a gas de carburo de calcio y la ciudad se constituía en una aldea esencialmente religiosa, que se acostaba con murmullos de rezos y se despertaba al tañer de las campanas de sus iglesias.

Se vivía en una época de duendes y fantasmas. La superstición o la credulidad del pueblo, se entremezclaba con creencias esotéricas, donde proliferaban sucedidos y leyendas que corrían en las tertulias familiares llegando esos comentarios a atemorizar las mentes infantiles, hasta en las horas de “las inevitables siestas”, creando duendes y fantasmas, merced al clima propicio de aquella sociedad.

En cada baldío o zanjón, la imaginación de aquellos habitantes creaba un fantasma, nos atreveríamos a pensar. Los lugares mas aprensivos por lo sombrío del panorama, solía ser La Cañada, culpable también de las inundaciones traicioneras.
Fue justamente en La Cañada, especialmente en el trayecto desde Las Cinco Esquinas hasta su desembocadura con él rió, que empezó por aquellos años a aparecer un fantasma, que durante largo tiempo provocó el temor de muchos cordobeses, para después convertirse en una leyenda.
Las características de este aparecido, según los comentarios, de los que decían que lo vieron: “Era movediza, tenía una lustrosa pelada, vestía de blanco y crecía y sé encogía con facilidad”. Tratábase de “La Pelada de la Cañada”. De Pronto se aparecía cerca de la Capilla del Niño Dios (que se ubicaba en la intersección de la calle San Juan y La Cañada), como por las inmediaciones de la vieja fábrica de porcelana, por la calle Rioja.

Tal vez aprovechando la fama de “la Pelada de la Cañada”, sin dudas, habrían aparecido algunos imitadores. Pero lo cierto es, que entre los asaltados por este fantasma, habría un comerciante “turco” que decía se le había aparecido por la fabrica de porcelana. Lo interesante del caso, era que del susto recibido, no podía bajarse del caballo que montaba, y pretendía por ese inconveniente, hacer la denuncia desde su cabalgadura. Cuentan que el comisario no encontraba la manera de hacer descender del animal al denunciante y al preguntarle el “por qué de su actitud”, contestando el turco de marras:
>Pasar señor comisario, que la Pelada de la Cañada, ha asustado al caballo mío y ahora no dejar bajar al pobre turco…
Preguntando en la oportunidad el Comisario:
>Usted, ¿no se asusto, amigo?
Respondiendo el turco:
>Yo simplemente ensuciar pantalones, señor comisario.

Para terminar de contar esta anécdota, diremos que tiempo después unos soldados del Regimiento 4 de Ingeniería que tenían sus cuarteles precisamente en la vieja fábrica de porcelana entre la calle Rioja y La Cañada, le hicieron una celada al fantasma. No se sabe si fue el autentico o no, lo que sí se sabe es que le dieron una soberana paliza.

Es tal la repercusión de este fenómeno de la época que el grupo folclórico Los Cantores del Alba representan en una canción esta leyenda, como podemos ver en este video: