Cruzar la cordillera de Los Andes es una aventura sin par: seis días a lomo de mula en tránsito por la inhóspita y hostil geografía andina, para emular la epopeya sanmartiniana, desafiando la altura y el frío, el viento y el sol abrasador, con el objetivo de llegar al límite con Chile, el Paso de Valle Hermoso, en San Juan.

Cordillera de los andes.JPG

Los integrantes de la expedición se reúnen en el pueblo conocido como Barreal, Calingasta, a 180 kilómetros de la capital sanjuanina, un apacible pueblo al pie de la precordillera. Se hace noche allí para ir aclimatándose a la altura y las temperaturas cordilleranas.

Al día siguiente, temprano en la mañana, la expedición parte en camionetas 4 x 4 hasta la estancia Manantiales, donde aguardan las mulas. En el camino, se hace un alto en Los Hornitos, un paraje que quedó inmortalizado en un viejo billete de mil pesos con la figura de San Martín pasando por allí.

Punto de partida. Cerca del mediodía, comienza el largo periplo. La primera jornada no presenta grandes dificultades, aunque el llegar a conocer al propio animal y aprender a manejarlo, para quien nunca haya montado una mula, resulta una ardua tarea. La caravana transita lentamente los primeros kilómetros de cordillera, a través de algunas vertientes de agua fresca. Después de dos horas de andar, la tropa se detiene a la vera de un arroyo para un almuerzo frugal, en tanto las mulas aprovechan a saciar la sed.

Media hora después se retoma la senda rumbo al primer campamento, montado en Altos de Frías, el cual se alcanza luego de seis horas al paso. Una olla con agua hirviendo y tortas fritas ayudan a paliar el hambre y el frío hasta la hora de cenar. El viento sopla con fuerza allí a unos 3.000 metros, y hay quienes sufren el mal de altura.Para la cena espera un asado, rico en proteínas, esenciales para encarar el resto de la travesía. La noche se hace larga, el viento golpea con violencia las carpas, el termómetro marca 10 grados bajo cero y el frío penetra las bolsas de dormir. Conciliar el sueño resulta una difícil tarea.

Cerca del cielo. El cordón del Espinacito, a 4.800 metros, es el desafío de la segunda jornada. La tropa ensilla y se dirige a paso firme hacia el gran objetivo. En el trayecto, se aprecia el monumental cerro del Alma Negra, nevado en gran parte de sus a 6.400 metros.

Más de dos horas demanda llegar hasta el pie del Espinacito, donde se hace un alto para ajustar las cinchas.

Los baqueanos recomiendan ayudar a las mulas tirando el cuerpo hacia delante en la subida y, para cuando llegue el momento de bajar, lo contrario, tirar el peso hacia atrás y hacer fuerza con las piernas sobre los estribos. Las mulas se detienen cada tanto en la cuesta arriba, pero no hay que apurarlas, necesitan retomar el aire para poder seguir.

Los efectos de la altura se hacen sentir, y mascar coca es un buen paliativo.

La huella es angosta, apenas cabe el cuerpo de los animales, no hay posibilidad de pasar al compañero de adelante. Finalmente, uno a uno, y luego de más de media hora subiendo sin cesar, la tropa se reúne en lo más alto, que con el Aconcagua de fondo completa una postal inigualable. Las mulas retozan en el pico nevado y los expedicionarios descansan, toman agua y observan, aquel paisaje único.

El descenso se presenta más complicado aún. La bajada es muy pronunciada, y en la mitad del trayecto, el vértigo vence a la mayoría de los jinetes, que deciden bajarse y completar el tramo a pie, con los animales de las riendas. Sin embargo, el terreno es resbaladizo y hay que pisar con mucho cuidado para no seguir de largo y rodar cuesta abajo.

Poco más de una hora lleva descender y desembocar en un llano conocido como las Vegas de Gallardo, sitio ideal para detenerse a comer y reponer energías. Los animales también se alimentan de los verdes pastos. No hay mucho tiempo y poco después el grupo se encuentra en marcha a la recta final: el refugio Ingeniero Sardina, en el Valle de Los Patos.

El último tramo se hace largo, son casi cuatro horas de puro llano bajo un sol impiadoso, atravesando el cauce de un río seco y gris, para finalmente entrar en el verde de un valle que parece no tener fin.

Según lavoz.com.ar el refugio es una antigua construcción de piedra habitada por cuatro gendarmes de noviembre a marzo. Allí, se monta el campamento para las próximas tres noches.

El gobierno de San Juan realiza este cruce año tras año desde el año 2005.

Al frente va el propio Gobernador de la Provincia, José Luis Gioja, acompañado de una comitiva que cuenta con la logística de Gendarmería Nacional y el Ejército.

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