Blog Turismo Argentina / » Vértigo en el Iguazú – MisionesVértigo en el Iguazú – MisionesMilan Kundera se pregunta en su novela más famosa ¿qué es el vértigo? Además se plantea “¿porqué también nos da vértigo en un mirador provisto de una valla segura?”. Y la respuesta del escritor –evocada frente a la Garganta del Diablo— inquietará los pensamientos de más de un viajero, aferrándolo con firmeza a la baranda: “El vértigo es algo diferente del miedo a la caída. El vértigo significa que la profundidad que se abre ante nosotros nos atrae, nos seduce, despierta en nosotros el deseo de caer, del cual nos defendemos espantados”. ![]() Por lo general una buena fotografía de paisaje lleva el sello artístico de su autor, quien siempre hace un recorte de la realidad y la embellece a tal punto que cuando la persona se presenta en el lugar se produce un efecto inicial de desilusión. A través de lo que no está presente en la foto –sugerido por lo poco que se ve— uno se imagina un paisaje que después nunca se corporiza como se esperaba. Sin embargo, las Cataratas del Iguazú son el ejemplo paradigmático de exactamente lo contrario de todo esto. Las Cataratas –por su amplitud, su sonido y su movimiento— son un objeto difícil de encerrar en una imagen, aun cuando se trate de un video, que tampoco puede transmitir la vibración física del lugar, que repercute directamente en los huesos. Y lo otro que estará ausente en toda reproducción –por sobre todas las cosas— es el vértigo del que habla Kundera; “ese inmenso deseo de caer”. El balcón de pasarelas que desemboca en la Garganta del Diablo es tan abrupto, está tan encima de la catarata, que su aparición repentina es una especie de apoteosis triunfal que deja estupefacto al más frío y racional de los mortales. A nuestros pies –a sólo un metro— un río suicida se arroja al vacío y revienta contra las rocas, para rebotar hacia arriba despedazado en violentísimas ráfagas de rocío. Justo al comenzar a caer, las aguas parecen quedar suspendidas en el aire por un instante frente a la cornisa de piedra. Y después –fruto del mismo efecto visual— comienzan a desplomarse como en cámara lenta. Abajo las espera el caos, las fauces sedientas de un gigante oculto entre las aguas espumantes de un cataclismo descomunal. Desde el balcón que da a la Garganta del Diablo no hay mucho para hacer. Solo mirar; y ni siquiera hay demasiado espacio para moverse. Sin embargo, nadie se quiere ir. El influjo de las aguas es muy poderoso, y una humedad absoluta se impregna en el ambiente; un fino rocío nos acaricia en todo el cuerpo al mismo tiempo. Pero la experiencia de La Garganta no es para nada pacífica. Por todos lados nos ataca el estruendo bestial de 270 saltos que nos taladran en los oídos de manera constante. Abajo, millares de olas se estrellan entre sí en el epicentro de una caldera espumante que bulle como aceite hirviendo. Las cataratas forman una especie de círculo donde pareciera que las aguas del diluvio universal convergen en una garganta capaz de tragarse los mares de la tierra. Y a un costado, el semi-círculo perfecto de un arco iris marca un extraño contraste de color, que más tarde desaparecerá también, tragado por las aguas. La Gran Aventura Un gomón con piso rígido nos conduce a toda velocidad por los rápidos del río Iguazú hacia la boca de la Garganta del Diablo. Una poderosa acelerada nos obliga a sujetarnos a una soga y de repente se desata un torbellino de aguas que caen desde dos paredes de piedra, una a cada costado de la lancha. Los navegantes gritan como sí llegara el fin del mundo, aunque naturalmente no ingresaremos a la temida garganta. Pero como consuelo tendremos un baño bajo el salto Los Tres Mosqueteros. A pocos metros de nuestra embarcación rompe la catarata produciendo ráfagas de agua que nos azotan con violencia, y el juego resulta por demás divertido. Pero esto es solo un avance. Cuando todo parece haber terminado, damos una larga vuelta alrededor de la isla San Martín en busca de un salto con ese mismo nombre, uno de los más furibundos y caudalosos del parque. Cuando la lancha encara a toda marcha hacia el centro del salto, algunos gritan de alegría, y otros de pavor. Sin tiempo para pensarlo estamos inmersos en una densa nube de agua, y de repente pareciera que un cuerpo de bomberos completo abriese sus mangueras al unísono para atacarnos de lleno en la cara a chorros. La situación es desconcertante, porque llegado cierto punto ya no se ve nada salvo un rocío blanquecino, y bien podría pensarse que algo ha fallado y nos fuimos adentro de la catarata. Pero no, por supuesto; es solo un juego erizante como seguramente no habrá uno solo que se le parezca en cualquier sucursal de Disneylandia. Hijos del rigor, los turistas exigen a gritos un bis, y sin hacerse rogar el Capitán traza una larga “U” con el gomón y los somete una vez más a nuevos baldazos de agua arrojados sin piedad, con una furia diabólica. El rappel La empresa de turismo de aventuras Iguazú Forest organiza diversas excursiones de aventuras selváticas para aquellos que deseen segregar grandes dosis de adrenalina. La jornada de aventuras combinadas comienza en un camión 4×4 sin techo y con capacidad para una docena de personas. Avanzamos por un camino de tierra roja misionera, y durante el paseo observamos ese mundo de ramas, tallos y lianas que se estrangulan unos a otros conformando una selva impenetrable. Durante el recorrido inicial de 40 minutos pasamos junto a las humildes casas de barro y madera de algunos indios guaraníes. Los lagartos overos cruzan corriendo a toda velocidad frente al camión, y puede intuirse una fauna rampante que nos lanza un haz de miradas ocultas. El paso siguiente es bajar a pie por una barranca hasta el borde de una catarata de quince metros de altura, la cual descenderemos mediante la técnica de rappel. A cada aventurero le colocan un arnés y un casco, y entonces el instructor lo para de espaldas al borde del precipicio –con los pies en el agua— en el centro del salto. Lo más difícil es atreverse a comenzar el rappel en la catarata y echar el cuerpo hacia atrás formando un ángulo recto con la pared de roca. Luego, solo se trata de bajar dando breves pasitos, ya que en este caso se practica un rappel simplificado, con un ayudante sosteniendo una cuerda desde abajo. Superado el trance inicial comienza el descenso y todo resulta más fácil. Pero cerca del final sobrevienen nuevas complicaciones porque ahora el chorro de agua nos da frontalmente en la cara, anulando el sentido de la visión. En esas condiciones hay que hacer frente a una pequeña hendidura y pararse en una cornisa muy angosta. Es así que, a ciegas y a sordas, debemos salir del gran chorro de agua. A la larga, todos lo logran, por supuesto. La tirolesa La aventura más original que nos depara esta excursión combinada consiste en treparse a un árbol de treinta metros mediante una escalerilla colgante –asegurados con una soga— para luego cruzar suspendidos de un arnés hasta otro gran árbol situado a cien metros de distancia. Al trepar el árbol llegamos a una plataforma de madera ubicada en el punto más alto de la selva –donde nacen las lianas–, en lo que los biólogos denominan el estrato superior. El panorama desde este punto es totalmente distinto a cualquier otro que se pueda obtener de la selva, ya sea desde tierra o desde el cielo. Aquí estamos adentro del estrato más denso de la jungla, donde la espesura vegetal se asemeja a un burbujeo de color esmeralda. Hemos subido al árbol para realizar un salto en tirolesa, pero es inevitable detenerse un rato a ‘’degustar’’ la novedosa visión. Pero ya es momento de saltar, y nuevamente los rostros se tornan severos aunque todo el mundo se esfuerce por sonreír. Entre un árbol y otro el aventurero cruza colgado a una velocidad respetable mediante el sistema de tirolesa. Por lo general todos lanzan un alarido que retumba en la selva, acompañando la producción de adrenalina. Al llegar a la mitad del trayecto las leyes de la física detienen el avance y el aventurero es atraído hacia el otro árbol por un ayudante que hace polea. Al llegar a la otra plataforma un instructor recibe a la persona y la sujeta a una soga para que descienda al estilo Tarzán, mientras el “simpático” ayudante la deja en caída libre por dos segundos, como si se hubiese cortado la soga. Fuente: Julián Varsavsky en http://www.aventurasenlinea.com.ar/?nota=127 Related posts:Ecoturismo en Misiones Turismo en Misiones: presente en la feria internacional de artesanías en Córdoba Argentina Misiones Turismo: Pasarelas de las Cataratas sufrieron daños por una crecida
Post relacionados
Estas leyendo la entrada Vértigo en el Iguazú – Misiones Miércoles, Enero 24th, 2007 a las 2:19 pm y esta categorizada en Misiones. Usted puede seguir cualquier respuesta a esta entrada por el RSS 2.0 feed. Comentarios
|