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Teleras en Santiago del Estero: Tejidos que toman vida

Texto: Vanesa Ivanoff, Tea Sommelier. Founder & Tea Blender Viveka Té en Hebras. Cronista Especial para VisitingArgentina.com

Un grupo de teleras de Santiago del Estero, reutilizan los hilados a la manera de antaño como puente para tejer sus sueños.

El claroscuro del horizonte comenzaba a disiparse, las primeras luces daban los indicios de una jornada sofocante. El desafío era llegar hasta el otro extremo del departamento de San Martín, en la provincia de Santiago del Estero. Allí Rosaura Acuña, “kamache” de los tonocote, etnia originaria de Santiago del Estero y una de las 60 teleras de la Cooperativa Tejiendo La Vida, prometía una historia entre tintes, vellón y cuentos ancestrales.

El tejido artesanal en la provincia se remonta a tiempos precolombinos y coloniales. Este grupo de artesanas ha tomado los principios de sus antepasados como puente que conecta los productos de la tierra, el arte del trabajo artesanal, la labor conjunta y solidaria, reformulándolos en una nueva forma de vida.

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Raíces del telar

Atravesar el monte, en la época seca cuando la tierra se resquebraja a cada paso entre zorros, gatos salvajes y algarrobos maduros, resulta casi como una toma cinematográfica de los safaris por lugares de otro mundo.

El arte del telar, tradición delegada por los aborígenes tonocte de estas tierras, se proyecta como puente entre la soledad del aislamiento y la virtualidad de las ciudades cosmopolitas. Es así como este grupo de mujeres santiagueñas, se adueñan de las tradiciones del tejer como sustento de sus hogares y el pasaporte hacia a una mejor calidad de vida.

Es que la singularidad de los tejidos se nutre de la valoración de las raíces heredadas de culturas originales, formas de teñido con plantas del monte como cáscara de algarrobo, cebolla y hasta el hollín que se pega en las cocinas o en los techos de los diminutos ranchos en los que viven. Los colores fuertes de los diseños con motivos arqueológicos, son una manera de contrarrestar la monotonía del paisaje.

La casa de Rosaura, esta ubicada en el paraje Pozo Mocitoj. Allí, entre gallinas, perros que ladran y niñas que juegan a ovillar, el típico telar santiagueño, construido con unos pocos palos, se ubica como nudo de la historia. “Las mujeres nunca dejan de tejer. Por ahí, lo que hacen en verano es hilar, pero siempre están tejiendo algo”, dice Rosaura Acuña, mientras elije los colores del nuevo diseño.

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Debajo del techo de palos, para resguardarse más del sol que de la lluvia, además de ponchos, estolas, alfombras y caminos, las teleras tejen recuerdos, historias y sueños de progreso. Es que el a partir de la creación de los hilados, han logrado redescubrirse para insertarse en un mercado de consumo que las había abandonado.

Encuentros que prometen

AAS CAUSANI en quechua significa ” vivo tejiendo”, y es el lema de la asociación que intenta impulsar a estas pequeñas productoras, dando un nuevo sentido a sus vidas. Todas ellas están nucleadas en el Grupo Solidaridad y la Cooperativa que comenzó a fines de 1990, con el apoyo de La Comunidad de la Parroquia del Espíritu Santo de San Isidro.

Desde entonces, un grupo de voluntarias trabaja para formar una red de colaboración y capacitación basada en valores comunitarios y comercio justo. “Al principio era difícil que ellas entendieran que el precio se construía, con el trabajo que realizaban, el tiempo que invertían en el tejido y que además eran importantes los diseños que ellas iban redescubriendo. Nosotras solo funcionábamos como acompañamiento”, dice Claudia Crisp una de las voluntarias que viaja cada tres meses a visitarlas.

“Tejiendo la Vida” es hoy la red de canalización de los tejidos artesanales en Buenos Aires, “cada tejido tiene el nombre de su telera, cómo lo tiñó o que técnica que utilizó, es una manifestación de lo que estaba viviendo en ese momento, de la misma manera que le sucede a un artista con su obra de arte” cuenta Marta Ollera otra de las voluntarias que cada tres meses viaja a Santiago a buscar nuevas prendas para las ferias parroquiales.

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Rosaura aparece por detrás del horno de barro, tiene la mirada serena, ofrece una tortilla recién horneada y un poco de mate cocido de la gran pava sobre las brasas. Quizás no alcance para darse una gran panzada, pero es lo que tiene para compartir. Porque si algo representa a estas mujeres es el agradecimiento por la presencia y disfrute del tiempo compartido. La adversidad de la naturaleza del lugar donde habitan, el aislamiento y la distancia, les ha fortalecido el espíritu. Ellas hoy se han convertido en un puente entre la complejidad de lo antiguo y lo efímero de lo nuevo, entre la voracidad de un mundo que no espera y el tiempo disponible. Es así como construyen su historia, alrededor de la simpleza del telar, a pesar de las dificultades, con diseños únicos que las identifican, tejen nuevas relaciones de cooperación que las libera del aislamiento.

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