Día del sodero: No te pierdas de visitar el Museo de la Soda de Argentina

Hoy se celebra el día del sodero, un trabajo que, durante generaciones ha estado ligado a la mesa de los argentinos. La soda es una de las bebidas más queridas en las mesas familiares. Y si hablamos de soda, hablamos del sifón, antiguos o modernos, encargados de producir esas burbujas inquietas que le dan a la soda ese gusto tan especial.

Como no podía ser de otra manera, Argentina cuenta con un Museo de la Soda y el Sifón, y hoy te vamos a contar su historia:

Su creador es Luis Taube, quien, a mediados de los ’80 comenzó su colección, sin tener conexión alguna con el mundo de la soda, de manera casual. Pero su fascinación por estos envases, lo llevó a recorrer anticuarios, chatarrerías y hasta las mismas soderías, en busca de ellos.

Luego, esa búsqueda se traslada a todo el país, formando la colección de sifones más grande del mundo.

Cada uno de los sifones de su colección, que actualmente supera los 4000 sifones, tiene diferentes orígenes, en el Museo se pueden observar publicidades antiguas de soda, herramientas, piezas internacionales, y, sobre todo, conocer la historia de la soda en Argentina.

El Museo también cuenta con el Club del Sifón, en el que los coleccionistas pueden intercambiar este preciado objeto, así como vender y comprar.

El Museo de la Soda en Argentina, está ubicado en Berisso, cerca de la bajada de la Autopista Buenos Aires- La Plata, en Calle 60 y 128.

Fotos: Club del Sifon de Argentina

Che boludo! Saludo argentino por excelencia. ¿Qué queremos decir?

Lo decimos todos los días, varias veces al día, nos autoproclamamos así cuando nos equivocamos, adjetivamos a los demás cuando cometen errores o no nos gusta su accionar, pero, ¿sabemos qué decimos en realidad?

El uso de estas palabras se remonta a la época de la independencia, cuando en plena guerra con España los gauchos locales no contaban con muchas armas a su disposición en semejantes enfrentamientos, por lo que recurrían a las armas de las que disponían y que sabían utilizar con maestría.

Así, facones, cuchillos y tacuaras (lanzas hechas de cañas), conformaban el pobre arsenal de los paisanos. A eso se sumaban las boleadoras y las pelotas, que eran piedras, de mayor o menor tamaño, atadas con un tiento.

El orden en el que atacaban y formaban fila era el siguiente: Primero, y haciendo gala de una valentía admirable, pero expuestos a una muerte casi segura, iban los pelotudos, que con sus grandes piedras golpeaban a los caballos de los españoles con el fin de que cayera el jinete.

Luego, los lanceros, que con sus lanzas, facones y cuchillos herían o mataban al enemigo, y por último los boludos, que con sus boleadoras remataban a los que habían quedado heridos.